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Algún mediodía, treinta años atrás

Salgo de la escuela, voy como siempre, casi corriendo, a mi casa que está a cinco cuadras. Mi mamá seguramente estará haciendo el almuerzo y quiero tener tiempo de hacer la tarea antes de comer, para tener toda la tarde libre. Hoy quizás lea alguna novela de Salgari por tercera o cuarta vez. Adelante camina un compañero de grado, en pocos metros lo voy a alcanzar. No es amigo mío, es petiso, pálido, muy tímido, y tiene una voz finita, algunos se ríen de él por eso. El guardapolvos le queda corto, se notan los dobladillos de años anteriores que, ya desplegados, resaltan sobre el color amarillento del resto de la tela. Las zapatillas no son de marca. Cuando estoy por pasarlo, algo se cae de su portafolio justo para que yo lo patee. Es una caja de pinturitas, que se desparraman por toda la vereda. Él se da cuenta y protesta débilmente con un ¡eehhhh! de su voz finita. Perdoná le digo, lo ayudo a juntar las pinturitas y  sigo camino a mi casa, sintiendo que lo que acabo de pate...

Zurdito

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Vinimos con un grupo de amigos a una fiesta en el VIP de un boliche. Para mí no era el mejor programa pero nos invitó un amigo que la organiza. Mi hermano y yo nos acercamos a la barra para pedir unos tragos. Estamos esperando cuando veo que  en su gorra empieza a oscilar el punto rojo de un láser. Se lo hago notar y los dos miramos en la dirección de donde viene. Desde una tarima lindera a la barra, un grandote de traje nos mira y se da golpecitos en la cabeza. "La gorra -le digo- quiere que te saques la gorra". Mi hermano obedece. Le pido que se la deje. Que el tipo venga y nos explique por qué no se puede estar con sombrero. Mi hermano argumenta que no tiene sentido empezar una pelea, que vino a divertirse. Yo insisto. Él dice que en algunos boliches de Europa le ha pasado lo mismo. No se va a arruinar la noche por eso. Siento envidia de su pragmatismo. Yo estoy indignado. Encima no me gustan ni el lugar ni la música. D...

Concierto en la Basílica

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La señora con la bolsa de plástico dos filas delante mío. ¿Qué carajo busca ahí adentro? Ya van diez veces, mínino, que la abre y revuelve haciendo sonar el maldito celofán como si estuviera saboteando a propósito el concierto. Cada vez que se oyen los crujidos, algunos miramos fijamente deseando que la bolsa se derrita en manos de la señora.  Cosas como ésta pasan seguido.  Si no es un celular, es el pochoclo o dos estúpidos hablando en el cine o en el teatro. ¿Habrá que acostumbrarse? No hay muchas altenativas, salvo vivir enojándose o peleando con la gente. Menos habitual es lo que pasa después. En el intervalo, me llama la atención un hombre avanza a mi derecha por el pasillo lateral. Va vestido con un pantalón y una camisa azules bastante descuidados que, sin llegar a lo andrajoso, le dan un aspecto indefinido. Podría ser un tipo de la calle pero no se puede concluir a primera vista. Llega adelante y se apoya en una de las columnas corintias que enmarcan el altar p...