El delegado del Zorro

Los recuerdos de aquel tiempo son como restos de un naufragio que un oleaje persistente trae una y otra vez. Vuelven casi intactos, dispuestos siempre de la misma forma, reclamando una historia que los una. Es la historia de la muerte de mis primeros héroes. Pasaron más de treinta años y no recuerdo todos los detalles, pero puedo reemplazarlos, sin esfuerzo, sin pérdida, por fragmentos posibles.

A los tres años yo tenía dos héroes, Tarzán y el Zorro. Los conocí por las series de televisión. A los dos los mató la culpa. En el caso del primero fue una muerte violenta. Tuvo que enfrentarse a mi papá. Ese día yo estaba mirando Tarzán en la tele. Imagino que mi viejo estaría celoso de mi admiración por el Rey de los Monos. Me dijo algo así:

—Así que lo querés más a Tarzán. Entonces me voy.

Después salió por la puerta del comedor que daba a la cochera, se subió al auto y lo puso en marcha. Fue como tirar una bomba, frente a la que Tarzán, invencible en la lucha cuerpo a cuerpo, estaría indefenso. Alcanzado por la explosión, cayó a un río que lo alejó de mí para siempre. Y yo corrí llorando a buscar a mi papá.

Por alguna razón no ocurrió lo mismo con el Zorro. Mi viejo, hábil con la madera desde siempre, fabricó una espada para que yo usara junto al disfraz —capa y antifaz de nylon, sombrero de cartón— que hacía poco me habían regalado. Toda una muestra de aprecio que al Zorro le permitió sobrevivir como héroe mío, y a mí convertirme en delegado suyo en aquella ciudad de provincia a la que poco tiempo antes nos habíamos mudado.

Vivíamos en un barrio de casas bajas, todas iguales, de calles nuevas y casi desiertas. Algunas mañanas salíamos a pasear con mi mamá, empujando el cochecito en el que iban mis hermanas. Caminábamos hasta el límite del barrio, donde estaban las obras de ampliación, para verlo a mi papá, que trabajaba como jefe de obra. Tengo grabada su imagen, detrás del cerco de alambre, subido a una pila de losetas, con su casco blanco de ingeniero, dándole órdenes a algún capataz que sale rápido a cumplirlas. Es el único de casco blanco. Cuando nos ve, sonríe y saluda con la mano desde la pila de losetas. Entonces tenía treinta años.

Por las tardes, luego de la siesta, yo miraba El Zorro. Tengo una grabación en la que estoy cantando la canción del programa. Se me nota el entusiasmo en la intensidad con que mi lengua rebota en el paladar al marcar las erres del nombre en el estribillo.

¡Zorro, Zorro! ¡Su espada no fallará! / ¡Zorro, Zorro! ¡La zeta le marcará!

Parado frente al televisor habré cantado esa canción cientos de veces. Después, mientras mamá preparaba la merienda, yo me enteraba de cuál era la misión, nuestra misión, ese día.

Pero Excelencia, esto es una injusticia.

—Vamos, Don Diego, desde cuándo un hacendado se preocupa tanto por un peón que ha querido robarle.

—Es que estoy seguro de que él es inocente.

Bernardo, el ayudante mudo, debe haber asentido. Yo también habré estado de acuerdo. Era inevitable que entráramos en acción.

—¡Sargento, sargento, el Zorro, por ahí!

—¡Síganlo, se escapa con el prisionero!

Por las noches, agotado, me habré dormido envuelto en escenas de espadas que chocan, de caballos al galope levantando polvaredas. Habré soñado con replicarlas. Mañana saldría a hacer justicia, yo, el delegado del Zorro en aquella ciudad. Que en la práctica se reducía a mi cuadra, esos cien metros de casas con jardín, todas iguales —diez, incluyendo la mía—, de veredas nuevas y árboles recién plantados. El lugar donde al poco tiempo de mudarnos ya me dejaban salir a jugar.


De los chicos de la cuadra recuerdo a cuatro, tal vez hubiera alguno más. El menor era Mariano, que tenía mi edad y a me parecía, como decía mi papá, un poco papamoscas. Los otros eran bastante mayores. Imagino que para ellos habré sido una especie de mascota. El más grande era Alex, un rubio de pelo lacio que andaba por los diez años con el que me veo jugando a los soldaditos en su casa. Me da unos granaderos a caballo que nunca podrían ganar frente a sus soldados americanos de casco verde y fusil. Para proclamar mi derrota quema las patas de un caballo blanco con un encendedor. También estaba Sergio, que tendría unos ocho años y vivía justo enfrente de nuestra casa. Tenía la colección de Titanes en el Ring, la que venía con los chocolatines. Una vez jugamos usando como cuadrilátero una bandejita del juego de té de su hermana. Es probable que a mis titanes les haya ido como a los granaderos en la casa de Alex.

Rafael también vivía en la cuadra. No recuerdo que saliera mucho a jugar. Tendría ocho años y tocaba la guitarra. La primera imagen suya que tengo es de mi cumpleaños número cuatro. Esa tarde habían venido los chicos y algunas mamás. Rafael tocó Zamba de mi esperanza. Las madres habrán cantado la primera estrofa, la que sabe todo el mundo, y después lo habrán dejado solo a Rafael. Su voz rasposa y dulce, como de flauta, me gustaba; habré escuchado la canción en silencio. No creo que Alex y Sergio hicieran lo mismo. Aguantarían la risa, le sacarían la lengua al cantante, se pelearían entre ellos para llamar la atención, algo así. Por algún motivo no lo querían. Alguno se habrá comido un pellizcón de su mamá. Después las madres habrán aplaudido y dicho bravo, qué lindooo, qué bien. La de Alex diría ojalá el mío tocara, pero no hay caso. Y, los chicos prefieren el fútbol, diría la de Sergio. Como los papás, diría la de Mariano. Las otras asentirían. La de Rafael no diría nada.

O tal vez sí dijera algo, no lo sé. Ni siquiera sé si ella estaba en mi cumpleaños. Como dije, los detalles no los recuerdo todos. Me bastan estas pocas imágenes, que vuelven siempre juntas, de manera inalterable: mis héroes, Tarzán y el Zorro; los celos arbitrarios de mi papá, verdugo de Tarzán, amigo del Zorro; la espada de madera y el disfraz; mis tardes frente al televisor, mis noches soñando con ser el Zorro; Alex y Sergio usándome de hermano menor o mascota; Rafael, su guitarra, su voz de flauta dulce cantando Zamba de mi esperanza. Ya casi están todos.

Tengo uno más, el último, con su relieve también intacto. De uno de esos días en que salíamos a jugar. Los chicos de la cuadra solían venir a buscarme a la hora en que pasaban El Zorro, a veces mi mamá los invitaba con la merienda. Antes de que saliéramos, les pedía a los más grandes que me cuidaran. Yo ese día tenía puesto el disfraz. Al salir a la calle, habrán sido los gritos de siempre, los mismos juegos. ¡Corran, el último es maricón!, y corríamos. ¡Momento paralítico!, nos congelábamos. ¡Pasó el tiempo!, nos movíamos. ¿Jugamos a la mancha?, nos preguntábamos. ¿O vamos al campito a jugar al fútbol?, dudábamos. Que a mí no me dejaban, decíamos. Bueno, a la mancha, decidíamos, ¡venenosa!, agregábamos. ¡No la tengo!, cantábamos. ¡Ole, te tocó, no me tocó, sí, en la pierna, saltando en una pierna, así no agarro a nadie!, jugábamos. Hasta que lo vimos a Rafael.

Acababa de salir de su casa, llevaba la guitarra enfundada. Iría a tomar clases y no le habría quedado otra que pasar junto a nosotros. Alex y Sergio lo rodearon.

—Qué te pasa, guitarrita forro —habrá dicho Alex.

—Qué mirás, gil—lo habrá apoyado Sergio.

Rafael, en realidad, no miraría nada más que el piso. Alex y Sergio lo sujetaron y lo metieron en el jardín de la casa que lindaba con la mía. Sin que él se resistiera, lo empujaron contra el tapial medianero. Rafael levantaría el brazo para no arrastrar la guitarra. Los demás —debe haber estado Mariano, y tal vez algún otro— nos habremos quedado en la vereda.

—Dale, tocate una zamba, putito, maricón —pudo haber dicho Alex, apretando los dientes.

—¿Qué le hacemos, le pegamos entre todos? —tal vez Sergio, sonriendo.

—O le bajamos los pantalones, ¿dale? —Alex, mirándonos a los demás.

Entonces se les habrá ocurrido llamarme. Me habré acercado un par de pasos, apretando fuerte mi espada, acomodándome el sombrero.

—Patealo, pegale a Rafael —habrá dicho Alex.

—¡Dale, no tengas miedo, te lo tenemos! —insistiría Sergio.

Me habré quedado quieto, mirándolos a los tres detrás de mi antifaz. Quizás Rafael me haya mirado. Y yo haya desviado la mirada hacia Alex, que me la devolvería, fija, reclamando obediencia, pidiendo un sacrificio parecido al de mis granaderos frente a su ejército vencedor.

Me gustaría decir que pude cumplir con mis sueños, que al fin actué como delegado del Zorro, que levanté mi espada de madera contra la injusticia, que al menos corrí en busca de mi mamá o que grité o me negué, o que me puse a llorar. No sé qué pude pensar en ese momento, con mis cuatro años. Pero recuerdo perfecto lo que hice.

Caminé hasta quedar entre Alex y Sergio. Después pasé entre ellos y tiré una primera patada, débil, a los tobillos.

—¡Dale, más fuerte! —me habrán alentado.

Cuento ganador del Primer Concurso Literario del Centro Universitario Rosario Inclusiva.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Pájaros IV

Pájaros III

Zap, zap, zap