Los negros del hostel


Foto de Alejandro Pellegrinet

Mi hermano trabaja por temporadas en un hostel, preparando y sirviendo el desayuno. Hace un tiempo el gobierno español alojó allí a un grupo de veinticuatro refugiados africanos. Los habían trasladado desde Canarias, adonde habían llegado en una patera. El gobierno les daba quince días de alojamiento para que encontraran a algún familiar o amigo que los recibiese. Después, a la puta calle. Al principio eran muy tímidos. Pero mi hermano, que puede ser muy simpático cuando quiere, se fue ganando de a poco  su confianza. Finalmente le dijeron que eran de Senegal.
Cuando mi hermano termina su trabajo, se sienta a desayunar junto a los huéspedes. Una mañana uno de lo negros le hizo señas para que se sentara a su lado. A lo pocos días se peleaban por compartir la mesa con él. Mi hermano fue viendo cómo del miedo inicial pasaban a la desesperación por comunicarse, por crear algún tipo de lazo con alguien de la ciudad.
 (Al margen, evidentemente se encariñaron con él. Un día, cuando sólo quedaba una naranja en la frutera que mi hermano les preparaba, uno de ellos, que ya había comido la suya, quiso tomarla. Todos empezaron a gritarle para que la devolviera. Era la naranja de mi hermano.)
Se ha vuelto a encontrar con varios de ellos en la calle. Quizá algunos se hayan incorporado a la gran cantidad de africanos que se ven llevando enormes  lonas cerradas a modo de bolsa.  Adentro llevan carteras y artículos de cuero, que despliegan sobre las lonas en las plazas y paseos. La venta callejera es una actividad ilegal. Cuando aparece la guardia urbana, en pocos segundos unen las cuatro puntas de la lona y arman la bolsa para salir corriendo.
El día en que los negros se fueron del hostel le regalaron a mi hermano una pequeña planta de flores amarillas, que estoy mirando ahora mientras escribo esto.

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