Villa Olímpica. 5.00 a.m.

El nitbus se detiene en la parada. Subimos con mi hermano y buscamos dos asientos detrás de la puerta del medio. Como a esta hora no hay servicio de metro, en la parada hay mucha gente, y el coche se va completando con los que suben detrás de nosotros. Miro las caras. Hay un contraste sutil entre quienes ya venían viajando y los que subimos acá. Los primeros son gente que viene de los suburbios a trabajar al centro. Sus caras intentan desalojar el sueño. Con las nuestras pasa lo contrario, el sueño empieza a invadirlas, colándose entre los restos de la fiesta de la noche de viernes. Por lo demás, la diversidad racial, común a ambos grupos, es la misma que no deja de asombrarme en las dos semanas que llevo acá, que incluye por supuesto los idiomas, aunque ahora no se perciba demasiado. Por motivos diferentes ―el sueño que se resiste, el sueño que avanza― casi todos estamos en silencio.


Se oyen unos gritos y miramos hacia el fondo. Hay dos tipos parados frente a sus asientos, ubicados en dos filas vecinas. El que grita más fuerte es el de adelante, a quien vemos casi de espaldas. Es un moro, un marroquí, me confirma mi hermano. Es flaco y alto, de piel color bronce. Está con un amigo. Son de los que subimos aquí en la Villa, es evidente por su excitación que está drogado o borracho. Al otro lo vemos de frente, es un negro. No es alto, pero se lo ve macizo y fuerte. Sostiene un bolso gastado. Tiene voz grave y grita menos, como si quisiera evitar la pelea. Es de los que venían dormitando a sus trabajos, que ahora miran la escena sorprendidos junto al resto. Cuando el moro grita acerca su cara a la del negro. Imagino las gotas de su saliva impactando contra la piel brillosa y tirante.
El nitbus no arranca y la pelea sigue. Recién ahora me doy cuenta de que hablan en castellano, idioma que ninguno de los dos domina, pero el único en el que se pueden insultar. El moro grita cada vez más y sacude los brazos. Una chica que estaba sentada adelante camina hasta el lugar de la pelea y se pone delante del moro. Ahora que está ella, el moro amaga una y otra vez con arremeter contra el negro. La chica le grita y forcejea con él. Discuten en árabe, seguramente se conocen.
En un momento el negro pierde la paciencia. Pega dos zancadas hasta la puerta y baja a la calle. Se quita el reloj y se lo mete en un bolsillo. "Baja, baja", le dice al moro, mientras cierra sus puños y su cuerpo se tensa. El moro sigue insultándolo, amaga con bajarse un par de veces, pero es evidente que no quiere: la fuerza de su amiga, claramente más débil, alcanza para para detenerlo.

Finalmente el nitbus se llenó y está por salir. El negro corrió a la puerta delantera y subió de nuevo. Se quedó parado cerca del chofer. Arrancamos dejando atrás la Villa Olímpica, rumbo al Gótico. Desde el fondo, se escucha al moro gritar de vez en cuando "negro de mierda". No puedo ver lo que hace el negro adelante. Pero hay otro negro, sentado a dos filas delante de nosotros, que ante cada "negro de mierda" gira la cabeza y mira al moro. Cada vez parece a punto de reaccionar, pero no lo hace. El resto de los pasajeros sigue en silencio. Finalmente el moro parece cansarse y se calla.

Nos detenemos frente a una plaza en el Gótico. El moro se baja con su amigo y la chica. Antes de pisar la calle vuelve a gritar "negro de mierda". El nitbus ha quedado semivacío. Mientras volvemos a arrancar, miro la imagen de los moros que se traslada de una ventanilla a otra. Se quedaron parados, discutiendo. La chica grita y llora. Con las dos manos, con las palmas abiertas, le pega al moro en el centro del pecho.


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